NICANOR PARRA EN “HUELÉN” (I)
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| Estos dos artículos han sido publicados en http://www.critica.cl/ (Feb.2012) |
Introducción
Ramón Camaño Cubillos (1945-1997), fue una figura imprescindible de la Revista Literaria Huelén (Santiago-1980-1984, con 14 números de colección), de cuya plana editora él fue director de Ensayo. Así como Paz Molina, de Poesía y Jorge Calvo, de Narrativa. A mí me cupo la administración general. Nuestro guía en el taller homónimo, fue Martín Cerda, ensayista clásico de esa calidad intelectual como no se ha vuelto a repetir en Chile.
Ramón fue el más incisivo crítico literario del grupo y, tal vez, el mejor lector de narrativa, teatro y literatura en general: siempre estaba adelantado a las ediciones extranjeras de nuestro tiempo que podían y “no podían” circular en nuestro medio. A la vez investigador literario y escritor versátil (ensayo, cuento –un libro publicado- y teatro con obra premiada; dejó obras inéditas como “Mi anfitrión: Chile”, extenso y prolijo registro comentado de autores extranjeros de visita en nuestro país, siglo XX). Era la época de la dictadura y nuestra publicación estaba rigurosamente vigilada (censurada) sin que esto fuera óbice para que Montero Abt publicara en “Huelén” sus “diabluras”, o diéramos a conocer poesía de Aristóteles España, o números dedicados con estudios especiales a Nicanor Parra (Nº 6, de Marzo 1982), Francisco Coloane (Nº 9, Septiembre 1982), Raúl Zurita (Nº 10, Agosto 1983), Luis Sánchez Latorre (Nº 13, Marzo 1984). Pero la huella de “Huelén” es otro capítulo.
Nicanor Parra fue un colaborador constante de “Huelén”. Imagínense. Fue muy cordial y generoso. Lo visitamos repetidas veces en La Reina y en Isla Negra (su oasis algunos años). En el original de la portada del Nº 6, firmaron Martín Cerda, Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Ximena Adriasola, Teresa Hamel, entre otros, como adhesión a la figura señera del autor de la antipoesía, forma incomprensible para el miliciano.
Todas nuestras iniciativas eran señales luminosas de nuestro sueño libertario. A pesar de que tuvimos un “oreja secreto” inserto en el grupo de más de veinte poetas y narradores (aceptado también, con mayor secreto aún de nuestra parte, como escudo).
Este año 2012 se configura en el mundo, bajo la sabia orientación del escritor peruano Julio Ortega, una seria campaña para acercar el nombre de NICANOR PARRA al Premio Nobel de Literatura. Una vez más.
Yo quiero recordar que no he visto en los muchos estudios literarios sobre la obra de Parra la cosa sustancial y precisa que vio, y escribió, nuestro amigo Camaño. Camaño, poseedor de una memoria prodigiosa. Por esta razón revivo ese gran texto revelador, con inclusión de voz teatral, a veces juguetón e irónico en correspondencia con el carácter del personaje.
Hernán Ortega Parada (Febrero 2012)
Parra, divagaciones compulsivas
Por Ramón Camaño C.
Cuando abandoné la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, en 1968, cierto entusiasmo juvenil por la música de moda dejábame entrever la existencia de los Parra como una gran familia de folcloristas; se deslizaba por ahí, de contrabando, que un hermano de Violeta e Hilda, llamado Nicanor, escribía poemas y hacía clases de Mecánica Racional. Por ese entonces mi experiencia poética se reducía a fastidiosos versos de liceo y algunos endecasílabos que mi abuela solía leer para aplacar mi inquietud, de modo que el llamado Nicanor ingresó a mis archivos como accidente biográfico de Violeta.
Unos años después, atrapado ya por los libros, viajé a Bulnes con mi padre que heredaba bienes. Entre los textos de una nutrida biblioteca desempolvé “Cancionero sin nombre”, primera edición en tirada de diez ejemplares y una dedicatoria afectuosa con letra adolescente del vate. Mi padre (don Fulvio Camaño, N. del E.) se defendió del interrogatorio. En efecto, sostuvo una relación con el poeta en un plano estrictamente fraterno de modo que no se creyera que él andaba también asonando locuras. Condiscípulos de liceo, aunque en distintos cursos, Nicanor finalizó su enseñanza y viajó a Santiago para regresar a Chillán convertido en maestro de sus propios amigos. Se efectuaron almuerzos de camaradería en la propiedad de mi padre: tal vez el embrujo de algunas copas provocó la malversación de uno de aquellos diez ejemplares históricos.
Por el setenta y seis o el setenta y siete, acudí a la Escuela de Ingeniería por unos documentos. Imperaba en la Universidad el sistema crediticio y era comienzo de temporada, de modo que el hall central se mostraba pletórico de informaciones al respecto. Uno de los créditos ofrecidos era “Literatura I”, con Nicanor Parra. ¿Por qué no puedo asistir –pensé- en calidad de ex alumno de esta Escuela? Infiltrado audazmente entre los alumnos regulares mi osadía colmó los límites cuando, en la segunda sesión del curso, Parra, que se paseaba con furia de extremo a extremo de la sala de clases con su rostro cuadrado y su nariz de boxeador mulato, solicitó a la concurrencia un trabajo inédito. Me levanté muy compuesto, con cara de santurrón, en medio de la expectación general. Semejante humorada produjo la apertura comunicativa. Del intercambio posterior de impresiones resultó que el poeta no olvidaba sus devaneos campestres de Bulnes: recordaba a mi padre y ambos hechos debieron influir en su paciencia para aceptar de buen grado muchas preguntas de mi parte.
Con gruesos rasgos, Parra fue estructurando el semestre, fundamentado en un método que él denominó de “divagaciones compulsivas”, y que en el fondo no era más que una asociación espontánea de temas porque, a su modo de ver, el curso había de orientarse para abrir el apetito de alumnos que al cabo consideraban la expresión literaria como una materia menor, un escollo en el campo de su formación matemática. Así vadeamos el arroyo, saltando de la lectura a la crítica, del modernismo al realismo mágico; disecamos un día a Paul Valéry, y, en la clase siguiente, el “Urinario” de Duchamp; además de la obra de cierto artista inglés que agrupó los números telefónicos de todos los John Smith, de Londres, en un poema. Todo ello nos fue presentado como conjunción de arte y concepto. El maestro llevó un visitante junto a quien expuso las trabas que nuestra lengua opone a la comprensión de los fenómenos físicos y cómo los idiomas van delineando formas de conducta y de pensamiento: el ruso, que no ofrece posesivos en su lenguaje delimita el concepto de propiedad individual; el francés, plagado de posesivos que impiden al ciudadano ver más allá de sus propias narices; el mapuche, exaltado por el visitante como lengua compatible con la compleja Teoría de la Relatividad. Mediante reseñas bibliográficas, Parra fijaba rumbos a la literatura del siglo destacando, por esclarecedores, “El Castillo”, “Ulises” y “La Montaña Mágica ”. Entretanto, dábase maña para sentar posiciones referentes a su propio trabajo, cosa muy lícita si consideramos la antipoesía como artefacto aclaratorio de nuestro tiempo.
El muestrario de circunstancias y proposiciones supuestamente inconexas concluyó con la mención de un texto de Henri Lefebre [1] , que formó parte de “Introducción a la Modernidad ” (1962).
A partir de este hito, señalo que utilizaré a Lefebre sin previo aviso pues mi intención es acercarme a Parra con la complicidad del filósofo galo.
Según Parra, durante mucho tiempo acumuló antipoemas, artefactos y quebrantahuesos guiado por una suerte intuitiva, puesto que, a la vigencia y al éxito de la obra, no conseguía atribuirle razón específica; es decir, producir un efecto. En el artista estaba claro el deseo de provocarlo, lo que fallaba era la explicación de su naturaleza. ¿Dónde, en qué zona de la civilización se ubicaba una voz paternal? Entonces apareció Lefevre y le dijo:
-Don Nicanor, lo que usted busca nace con Sócrates. ¡Es la ironía socrática! La misma ironía que se reencarna en Montaigne, Musset, Heine y, generalizando, en el vidente de los períodos agitados, turbulentos, inseguros, cuando la gente se torna a él, se consagra a negocios importantes, cuando el porvenir depende de grandes decisiones, cuando hay en juego intereses inmensos y cuando los hombres de acción se entregan a la lucha sin reservas. En estos períodos siempre aparece un hombre vuelto hacia el público, preguntando a los actores para conocer si saben bien por qué arriesgan su vida, su felicidad o su ausencia de felicidad, sin contar con la felicidad o la desgracia de los demás. ¿Saben bien que están jugando y cuál es el juego? A ese hombre, ironista, las tareas del momento, aquellas mismas cuya urgencia reconoce, no le satisfacen. Escruta el horizonte y trata de apreciar el presente. Se da cuenta de los límites y de los intereses comprometidos y de las posibilidades de las tácticas momentáneas. Mientras que aquellos que las escriben se sienten obligados a creer en ellas sin reservas y a cubrir las apariencias ante sus partidarios.
¡Está claro! Es cierto que se ríen de usted. No importa. La ironía supone la conciencia aguda de un conflicto.
¡Es un caudaloso carente de fuerza resolutiva! No importa. Se trata de agravar la conciencia y el conflicto mismo más que resolverlo. El acento se coloca en distinto lugar pero hay una situación común en los dos casos: el conflicto que parece insoluble o cuya solución parece tan imprevisible que se puede esperar lo peor. ¿O no es eso lo que deseamos indicar cuando hablamos de Cristo y sus maderos infamantes, y nos extendemos en consideraciones acerca del tamaño de la cruz o de los clavos y de la huella que dejó sobre el suelo o de la distancia exacta que recorrió con el pesado armatoste?
Se le acusa de comediante a usted. Puede ser verdad puesto que el ironista representa una comedia: la del no-saber y la del falso conocimiento. Tiene un papel. Lleva una máscara. Y esta es su manera de desenmascarar los roles. Dice lo falso, ¡y sabe qué es lo falso!, para llegar a lo verdadero. Toma el papel de alienación para desalinearse y desalinear a los demás. Se encarga de este mal papel, ¡excúseme si lo estoy retratando!, y finge mala fe por necesidad, superándola por medio del fingimiento y superando, al mismo tiempo, la gran sencillez –fingida o real- de la buena conciencia.
En cuanto a su procacidad, caballito de guerra para sus detractores, digamos que usted se pretende inmoral –en la medida que se pretende ser “procaz”- es para salvar la moral o, tal vez, para descubrir una moral nueva. En el ironista cada posición o proposición encubre una contraria. Ya hemos dicho que usted finge. Con ello hace vacilar las certezas adquiridas porque las cosas que parecen tan bien lo que son y tan sólidas y tan “cosas”, haciendo tan bien su oficio de cosas, revelan su fragilidad.
Por último, don Nicanor, en lo que se refiere a su ignorancia… El ironista no sabe adónde va su ciudad ni el pensamiento de su época. Únicamente concibe los posibles, todos los posibles, más allá del horizonte de los posibles. Aquel que tal vez se abalanzará sobre la Tierra desde lo alto de su cielo como un ave de mal presagio. Quizás usted tiene sus preferencias entre los posibles pero no sabe cuál surgirá. Lleva al lenguaje –al “logos”- la vida de la ciudad, la praxis social y política. Revela sus contradicciones; luego, sus incertidumbres. Se contenta con preguntar. Se pone en duda a sí mismo. Querría saber adónde va el mundo, ese que usted observa en torno a sí mismo. Como teme lo peor, quiere el silencio. Quiere la muerte… ¿No es así, don Nicanor?
La lectura de Lefebre esclarece por completo la concepción antipoética de Nicanor Parra. Los mundos de la palabra y de la acción han fracasado y aunque el mundo moderno avanza con majestad -o sin ella-, suntuoso –o desaliñado-, opulento –o cubierto de harapos-, cada vez más brutal, más rápido y más ruidoso, no lo hace por las rutas previstas en la mente de los grandes cerebros del pasado siglo (XIX). Por consecuencia: el arte ha fracasado si entendemos por arte lo definido pretéritamente. El arte ha muerto ya por agotamiento de formas y contenido. Entramos en la esfera de las reiteraciones. Nos esforzamos por mejorar metáforas inmejorables y ello tiene bastante menos sentido que la búsqueda, el buceo en temáticas que no poseen la belleza original, que ya no son casi muestras de arte: el recuerdo, el tiempo pasado, el inventario, el balance, el informe de vida transcurrida, la autobiografía, el signo en la exterioridad, la pura mirada, el espectáculo puro, proceso sin salida y sin fin… El rasgo fundamental del espectáculo moderno es la puesta en escena de su propia ruina.
Cuando un problema matemático nos confunde, dejamos el escritorio y acudimos a un cine o a un parque público o, simplemente, alcanzamos la ventana para observar el desfile de los vehículos. De vuelta al escritorio, prontamente se detecta la causa de la perturbación y el problema se resuelve. Por qué –si el camino del arte toma forma de laberinto- no buscamos distancia y somos lúdicos. Juguemos con nuestros males.
Desdramaticemos. Como lo ha hecho Parra.
Total, como dijo Nietzsche, “Somos más libres que hayamos sido jamás para dirigir la mirada en todas las direcciones: no percibimos límite por ninguna parte. Tenemos la ventaja de sentir a nuestro alrededor un espacio inmenso, pero también un vacío inmenso…”
R.C.
El primer parágrafo, atribuido o inspirado por Lefebre, posee resonancias vivas en el lector de nuestro tiempo. Pero, subrayemos repitiendo aquella sentencia en el texto de Ramón Camaño: “El rasgo fundamental del espectáculo moderno es la puesta en escena de su propia ruina.” Sentencia profunda válida para la obra de Nicanor Parra, sentencia que mana de esa obra, tomada en 1982 por Camaño, bajo dictadura político-militar. Es una videncia escalofriante de hace treinta años atrás, para esta otra dictadura global.
En sintonía, el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, no se ha renovado con el vigor suficiente en esta nueva era. Hecho, este último, que fija la importancia de la obra de Nicanor Parra, al renovar el lenguaje y enriquecer las imágenes sociales auténticas. Su influencia literaria en Chile y en escritores de habla hispánica es enorme.
Podríamos agregar que el valor moral de su rescate de la cosa social está prefijado en el testamento de Alfred Nobel.
O.
[1] HENRI LEFEVRE (fr.1901-1991). Filósofo marxista humanista, expulsado del Partido Comunista francés en 1958. Profesor en La Sorbonne y en Estrasburgo, primero de Filosofía y finalmente de Sociología. Intelectual que ejerció enorme influencia a través de su pensamiento, una vasta obra escrita, acerca de la ciudad, del espacio social, la vida cotidiana y la modernidad.

